Praga, impresiones de un País

AUTOR:  José Enrique González   (www.JoseEnriqueGonzalez.com)

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Nuestra llegada a Praga, procedentes de Viena, fue un poco angustiosa, ya que se nos hizo tarde debido a lo lento de los trámites aduaneros y a las largas caravanas que se formaban para cruzar la frontera entre Austria y La República Checa, vigiladas por una importante presencia militar.

Una vez cruzada la frontera, hicimos nuestra primera parada para descansar un poco, tomar un café y algún que otro refresco, en un restaurante de carretera instalado en un avión, además de otras mesas en las inmediaciones, lo que nos resultaba, al menos, original.

La llegada a la Ciudad fue al atardecer, por lo que poco antes de llegar, intentamos reservar un hotel en un punto de información próximo a un área de servicio, no consiguiéndolo.

Unos italianos, conduciendo una gran auto caravana tenían el mismo problema, llevando horas sin resolverlo, poniéndonos de acuerdo con ellos para intentarlos juntos en la zona centro de la ciudad.

Dimos muchas vueltas sin encontrar el camino adecuado, nos perdimos de ellos debido al intenso tráfico y se nos encendió el testigo de falta de gasolina de nuestro coche. Por más que buscamos, no encontramos ningún surtidor próximo para repostar, hasta que dimos con unos estudiantes que conducían un viejo coche y, muy amablemente, nos guiaron hasta una estación de servicio y nos indicaron un camping cercano en el que disponían de bungalow.

Ya con el depósito lleno subimos a una colina, donde se encuentran varias instalaciones deportivas, hasta encontrar el recinto en el que si nos fue posible encontrar la pequeña casita de madera, austera en su equipamiento, que nos dio cobijo de los fuertes chaparrones de los días venideros. La situación del camping no era muy alejada del centro de la ciudad, pero el desplazamiento era conveniente hacerlo mediante un autobús que había que coger en la parte baja, por lo que había que hacer a pié el trayecto de subida y bajada de la colina, bordeando un viejo cementerio ubicado en ese camino.

                                                                

Al día siguiente, domingo, nos dirigimos en nuestro coche hacia el centro, aparcamos y paseamos dirección a una gran plaza en la que nos propusieron, hablando un buen español, cambiarnos dinero a moneda local de forma bastante ventajosa, lo que rechazamos porque conocíamos la posibilidad de que, con la excusa de que viene la policía, salieran corriendo con nuestro dinero y con el cambio, por lo que decidimos realizar la operación en una pequeña oficina de cambio muy próxima a nosotros.

                                                                  

Recorrimos varias calles y salimos a otra plaza, esta de dimensiones muy considerables, y con un gran bloque escultórico de bronce presidiendo el gran espacio, y sobre el que sobresalen dos característicos torreones que tienen un gran reloj centrado.

Praga se nos presenta como una ciudad en un sueño, creada para escenario de cuentos con sus edificios como si hubieran sido dibujados para una fantasía de hadas, y sus calles y rincones nos atrapan en un sueño que, difícilmente, se diferencia de la realidad, fundiéndose ambos conceptos y dando como resultado esta maravillosa ciudad.

                                      

Como referencia, referimos algo que oímos una vez y que decía que para visitar todos los palacios y casas palacios de Praga, a razón de 5 visitas diarias, se necesitarían 53 años, y de la que se sabe que ya en el año 1.930 poseía 100 salas de cine, 20 teatros más otros 37 dedicados a marionetas,, 637 bibliotecas que albergaban unos 5 millones de libros y que apoyaban a las 7 universidades que existían. Todo ello define el carácter cultural de la ciudad desde épocas lejanas, y que alcanzó su esplendor con su rey Carlos I, fundador de la Universidad y realizador de grandes y perdurables obras como Iglesias, Catedral o el famoso puente de Carlos, tan visitado en la actualidad, o la Ciudad Nueva entre otras.

                                                                 

Paseando por sus calles, todo nos atrae la atención, las edificaciones majestuosas, los monumentos, el fluir de las gentes, las tiendas que en esta zona próxima a la gran plaza rivalizan en la venta del apreciado cristal de Bohemia, otras con artículos turísticos y, como no, las especializadas en música clásica.

Entramos en una pequeña tienda decorada con madera en color oscuro con solera de muchos años, diligentemente nos atendieron y adquirimos una cassette de música clásica interpretada por una formidable orquesta de una gran calidad y belleza de sonido.

           

Poco más adelante, y siendo la hora del almuerzo, encontramos mesa en un restaurante situándonos junto a un ventanal a la calle, desde donde contemplamos, a pocos metros, un famoso reloj astronómico compuesto por cuatro figuras que, cada hora, se mueven. Tres de ellas mueven la cabeza en sentido negativo, y una asiente afirmativamente. Esta última es la muerte.

A la vez, Jesús y los doce apóstoles, desfilan hasta que se oye el canto del gallo con lo que finaliza la exhibición que es contemplada por una gran masa de turistas que, cada hora, se concentran al pie de la torre para contemplar las evoluciones que se producen cada hora en punto.

                                                              

En el restaurante, los camareros no tienen mucha prisa por servirnos, pero con paciencia logramos pedir nuestros menús, compuestos por platos locales, consumirlos, abonarlos y proseguir nuestro recorrido por una estrecha calle, llena de comercios, hasta llegar a una espléndida vista de una robusta torre rodeada de muchos turistas para contemplar la antigua prisión, para nosotros La Torre del Puente, y que da paso al conocido Puente de Carlos, el cual nos sorprende por sus maravillosas esculturas religiosas que adornan sus lados, sumando 30 grupos escultóricos en total, cada cual mas artístico, y que le dan un carácter monumental al famoso puente. 

                                    

El puente es un hervidero de personas que pasean por el contemplando las vistas sobre la ciudad y las numerosas atracciones que en el se dan. Nos llama la atención que, prácticamente, sólo se oye hablar en español, incluso se escuchan tarareos de sevillanas.

El concurrido puente, nos permite contemplar un paisaje sereno sobre el río, ofreciendo bellas estampas y permitiéndonos escuchar el delicado canto de una voz femenina, interpretando ópera a viva voz, y que acercándonos observamos que se trataba de una invidente que, con una voz prodigiosa, pedía limosnas junto a una de las esculturas del puente. Al final del puente, otros artistas tocaban el piano, o hacían las delicias de algunos visitantes permitiéndoles, a cambio de alguna propina, hacerse fotografías portando una gruesa serpiente de un par de metros de longitud.

Pasamos el puente y nos adentramos en el barrio de Malá Strana donde se encuentran varios palacios, bastantes calles muy estrechas y antiguas, jardines muy cuidados y fuentes con esculturas.

Destaca el edificio del Ayuntamiento por la belleza de su fachada, y así mismo, el palacio de Liechtenstein, el Castillo, el Palacio Morzin y la Iglesia de San Nicolás, donde tocó el famoso Mozart, y cuyo interior se encuentra profusamente decorado con dibujos geométricos, no quedando libre espacio alguno ni en paredes ni en columnas.

Interesante de visitar es el antiguo barrio Judío, con la Sinagoga Española, el cementerio, etc. y donde vivió el no menos conocido Kafka.

Los desplazamientos los hacíamos en autobús hasta el centro, aunque el primer día, por ser domingo y haber poco tráfico, lo hicimos con nuestro coche y, en el camino, visitamos una tienda china donde adquirimos algunas cosas, entre ellas una original mochila para mi hija.

El tranvía es también muy útil y comunica muy bien los diferentes barrios, es barato y se puede contemplar cómodamente la ciudad en su lento desplazamiento.

La temperatura en esta época del año es alta durante el día, pero por la noche refresca y, unos días cambió el tiempo y padecimos unos fuertes chaparrones que dieron lugar a rápidas corrientes de agua en las inclinadas laderas del camping.

Nuestro bungalow nos protegió y dio cobijo ante las inclemencias, y tranquilidad para afrontar algunos problemas gastrointestinales que pronto pasaron.

La Ciudad nos encantó por su belleza, sobriedad, el arte, la cultura y la tradición. La comida, rica en sabores, nos acompañó y ayudó a vivir las costumbres locales y los mercadillos callejeros, nos proporcionaron aquellos recuerdos que nos sirven para volver a vivir esta estupenda experiencia de conocer esta Ciudad de sueños.

Una mañana soleada, con un poco de nostalgia, partimos con nuestro coche bastante cargado para continuar nuestro viaje, transitando por interminables carreteras, rectas hasta el infinito, que nos conducen a nuestro próximo destino: Budapest.

Así sentí Praga.

     Autor: J.Enrique González

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