Nepal, impresiones de un País

 

La propiedad intelectual, tanto de los textos como de las fotos, pertenecen al autor, por lo que está prohibida la reproducción total o parcial sin expresa autorización

AUTOR:  José Enrique González      (www.JoseEnriqueGonzalez.com)

Hacer clic sobre una foto para ver de mayor tamaño.

Un caluroso día de mediados de Agosto, aterrizamos en Katmandú procedentes de la India, desde donde llegamos en un vuelo casi todo ascendiendo, hasta alcanzar Nepal.

Nepal está situado entre India y el Tibet, al pié del Himalaya. Es muy montañoso y en él está la mayor elevación de nuestro Planeta, el Everest que está acompañado de siete picos de más de 8.000 metros de altura.

La población, de más de 13 millones de habitantes, procede de varios lugares, perteneciendo a varias étnias, por lo que hablan varias decenas de dialectos, aunque el idioma oficial es el Nepalí.

La edificación del aeropuerto es muy precaria, y la vigilancia del mismo es ejercida por militares equipados con "escopetas".

Los trámites aduaneros son lentos y nos hacen padecer el intenso calor reinante transmitido por la frágil edificación. Nos advierten que no mostremos impaciencia pues se nos puede hacer infinito el paso por la aduana, debido al celo de los funcionarios, y ya que allí, el tiempo se mide en lentos minutos nepalíes.

Una vez solucionados los obligados trámites, lo primero que hicimos fue cambiar a moneda local, la rupia nepalí, procediendo a continuación a trasladarnos al hotel, situado en una zona tranquila a unos veinte minutos del centro, construido en un antiguo palacio donde se ha conservado muchos elementos perfectamente restaurados, poseyendo unos amplios jardines en su acceso.

La ciudad, situada a unos 1.400 metros de altitud, presenta constantes obras de arte con balconadas talladas en madera, decoraciones también en madera tallada en edificios públicos y religiosos, y todo tipo de obras artísticas, tanto en arquitectura, como en pintura o tallas.

La renta per capita es de sólo 150 $, y su moneda es la rupia nepalí, que al cambio representa unas 9,95 pesetas

                          

Conociendo la ciudad, nos gustó mucho la llamada "Durbar Square", plaza que es el centro neurálgico y comercial donde se puede comprar casi todo, incluidas mesas con pies de patas de elefantes, cráneos de monos, manos de gorilas, pretendidas antigüedades en madera, marfil, etc. Son muy artísticas unas pinturas sobre telas de algodón, llamadas tankas, con representaciones religiosas y que, generalmente, son usadas en los altares interiores de las casas, los mas abundantes, de unos 40 x 70 cm. cuestan alrededor de 11.000 pesetas.

Esta enorme plaza tiene unos notables entre los que destaca el antiguo Palacio Real y que constituye el mas antiguo palacio del mundo, construido en madera de un solo árbol.

En la ciudad, todo nos llama la atención, las pagodas y stupas diseminadas por las plazas, incluso en medio de la calzada hay pequeños templos en los que es común la alegoría a la vida representada por el lingan y el xoni, órganos sexuales masculino y femenino, las plazas en si ya son dignas de quedar admirados al igual que  los mercados, y especialmente. En la plaza hay así mismo un palacio llamado Kumasi, en el que se aloja una diosa viviente, es una niña de corta edad, que es elegida diosa tras unas pruebas macabras entre las que se encuentra la degollación de cebúes y otros animales, entre cuyos cuerpos y la sangre derramada, andan grupos de niñas y, si hay alguna que no llora ante tan aterrador espectáculo, constituye la señal y es nombrada diosa hasta la pubertad, momento en que será sustituida por otra. Nos comentaron que el resto de su vida no era de lo más agradable, pues, tras haber sido diosa, no es solicitada por varón para compartir la vida.

 

En otra zona de la ciudad, encontramos las tiendas donde habitualmente se equipan los grupos de escaladores, y donde también venden los elementos no usados o en buen estado, después de realizadas las expediciones. Allí se contratan los famosos porteadores sherpas.

En una tienda de antigüedades adquirimos una estatuilla de bronce, con las escorias aún en su interior, a un pequeño vendedor de unos 10 años y que hablaba español de tan sólo oírlo a los turistas. Tanto nos llamó la atención, que le prometimos y cumplimos, mandarle un curso de español en inglés, idioma que hablan con mucha frecuencia y fluidez.

Desencadenándose, en pocos minutos, una caudalosa lluvia, propia de la época de los monzones, tomamos un ciclo-rickshaws (bici-taxis), vehículo con capota para dos asientos tirado por una bicicleta y el esfuerzo de un pobre hombre pedaleando para transportar dos personas, para trasladarnos al hotel. A propósito de estos medios de locomoción, nos comentaron que no debíamos de evitar cogerlos por lastima hacia el conductor por el esfuerzo que ha de realizar, ya que los ingresos que obtienen durante la temporada estival, son los únicos medios de que disponen para vivir todo el año, además de resultar bastante rápidos para moverse por la ciudad, y muy económicos para nosotros.

Las calles carecen de alumbrado público y sólo se adivinan las siluetas que permiten la luz proyectada por los faros de las bicicletas, algún coche o alguna moto. El camino hacia el hotel se nos hace desconocido, pasando por zonas de chabolas y por calles irregulares terrizas que nos indujo a pensar la posibilidad de correr peligro, por lo que preparamos nuestra defensa haciendo una improvisada arma con la estatuilla de bronce recién comprada, y que suponía una contundente defensa llegado el caso. En unos veinte minutos, salimos a una vía principal y aparece frente a nuestros ojos la imagen del Palacio Real, muy próximo a nuestro hotel, y el único que, junto al palacio que tiene el hermano del Rey, tiene luz eléctrica en los exteriores, aparte los comerciales y establecimientos turísticos.

La fuerte tormenta pasó y pudimos hablar con aquel hombre que tanto esfuerzo realizó pedaleando para transportarnos hasta el hotel por los intrincados atajos que tan bien conocía. Nos habló de su familia, sus hijos y de lo precaria de su situación trabajando sólo en los meses estivales. Le agradecimos sus servicios y le abonamos el doble de lo que habíamos pactado tras el correspondiente regateo, unos 12 Rs, algo así como 120 pesetas, realmente muy poco para nosotros, pero bastante para el, demostrándolo con amplias reverencias de agradecimiento y efusiva despedida.

   

En la ciudad, todo nos llama la atención, las pagodas y stupas diseminadas por las plazas, las plazas en si, los mercados, y especialmente, un palacio llamado Kumasi en el que se aloja una diosa viviente, es una niña de corta edad, que es elegida diosa tras unas pruebas macabras entre las que se encuentra la degollación de cebúes y otros animales, entre cuyos cuerpos y la sangre derramada, andan grupos de niñas y, si hay alguna que no llora ante tan aterrador espectáculo, constituye la señal y es nombrada diosa hasta la pubertad, momento en que será sustituida por otra. Nos comentaron que el resto de su vida no era de lo más agradable, pues, tras haber sido diosa, no es solicitada por varón para compartir la vida.

                                                                                                         

 Buscando una farmacia donde encontrar remedio a nuestros males, pasamos por una vieja tienda donde exponían un cartel publicitario del antiguo detergente “OMO”, desaparecido en nuestro país hace mucho tiempo, y que nos recordó nuestra niñez

En la parte antigua de la ciudad, encontramos un cobertizo de madera, cuyo fondo estaba ocupado por una estantería con botes llenos de distintos productos, cada uno de un color. Sentado tras el antiguo mostrador, un hombre mayor con largas melenas y blanca barba esperaba para atender al público. Era todo como una de nuestras farmacias, por lo que solicitamos remedio para el mal estado general que padecíamos desde India, fiebre y afección bronquial, al parecer un conato de malaria. El anciano mezcló varios tipos de hierbas y algún líquido, lo trituró en un mortero produciendo un líquido rojo intenso, que nos dispensó en un pequeño bote, con la prescripción de que se tomara tres veces en el día.

Con recelo así lo tomamos y a la mañana siguiente quedó el mal atajado, aunque como efecto colateral, nos salió unas llamativas urticarias que, al menos, duraron poco ¡toda una experiencia!

También adquirimos un sobre rectangular con unas grandes aspirinas, las cuales no usaríamos pero que conservamos como recuerdo del conocido medicamento en una presentación singular.

     Por las tardes, una vez finalizadas las visitas “formales”, descubrimos ya anocheciendo, un pequeño restaurante con unas cinco mesas solamente, adornadas con pequeños floreros y velas, limpio y acogedor nos atrajo y cenamos, descubriendo una exquisita y original comida china, y atendidos con mucha amabilidad.   Regresamos caminando a nuestro hotel, caminando unos 30 minutos en la oscuridad, orientados por las luces de las bicicletas hasta el Palacio Real que ilumina las calles adyacentes.   La experiencia la repetimos las noches que allí estuvimos.

 

Una mañana, nos desplazamos en un minibús hacia la montaña, subiendo a una altura que se nos hacía difícil respirar, para ver un paisaje espectacular, mostrándose las grandes cumbres presidida por el Annapurna, con más de 8.000 metros de altura.

                                                                 

Bordeando la montaña, pasamos por un lugar en el que aún se siguen practicando sacrificios de animales, estando las paredes llenas de sangre de alguno reciente.

Legamos a una especie de albergue en la zona más alta y, era tanto la añoranza de nuestras costumbres, que intentamos hacer una tortilla de patatas pero, al no entendernos, pasamos a la cocina para realizar el intento y que no salió, por lo que terminamos deleitando unas finas cuñas de queso de yack acompañadas con guindas, produciendo un exquisito contraste que no olvidaremos.

Próxima a Katmandú, se encuentra la ciudad de Bodnath, donde se encuentra la mayor stupa de Nepal, siendo un punto de peregrinación para los budistas.

A pesar de ser un país muy pobre y sucio, Nepal nos cautivó por sus gentes, sus cariñosos niños, sus obras de arte en madera, sus costumbres, sus impresionantes paisajes de montaña, sus mercados donde exploramos extrañas frutas del tamaño de melones pero con pinchos, etc. cosas que difícilmente se pueden olvidar.

Pronto tuvimos que partir para proseguir nuestro viaje hacia Thailandia.

Así sentí Nepal

                                                                                                      Autor: J. Enrique González

                                                                                                      Para escribirme, hacer clic aquí

                                                                                                      Volver al índice, aquí

   contador de visitas
contador de visitas